ESTUDIO: LA "LIMPIEZA" DE CÉLULAS SERÍA LA CLAVE PARA GOZAR DE SALUD PLENA POR MÁS TIEMPO PESE AL ENVEJECIMIENTO.
miércoles, 11 de mayo de 2022
LA "LIMPIEZA" DE CÉLULAS SERÍA LA CLAVE PARA GOZAR DE SALUD PLENA POR MÁS TIEMPO PESE AL ENVEJECIMIENTO.
domingo, 21 de noviembre de 2021
DISEÑAN ANTICUERPOS PARA DESTRUIR CELULAS VIEJAS Y FRENAR EL ENVEJECIMIENTO
El investigador de la UOC Salvador Macip lidera una
investigación que ha conseguido crear "bombas inteligentes" que
identifican y eliminan de forma específica las células envejecidas que se
acumulan en los tejidos y empeoran su funcionamiento
El descubrimiento abre la puerta a desarrollar nuevos
tratamientos para retrasar la progresión de enfermedades vinculadas a la vejez,
como el alzhéimer, la diabetes tipo 2 o algunos cánceres. A la larga, también
podría retardar el propio proceso de envejecimiento
No
se sabe por qué algunas personas envejecen peor que otras y desarrollan
enfermedades asociadas al proceso de hacerse mayor, como el alzhéimer, la
fibrosis, la diabetes tipo 2 o algunos tipos de cáncer. Una explicación podría
ser el nivel de eficiencia de la respuesta de cada organismo ante el daño que
reciben las células a lo largo de la vida, por lo que acaban envejeciendo. En
este sentido, investigadores de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) y de
la Universidad de Leicester (Reino Unido) han desarrollado un nuevo método para
eliminar las células viejas de los tejidos y frenar así el proceso de
envejecimiento.
En
concreto, han diseñado un anticuerpo que funciona como una bomba inteligente
capaz de reconocer proteínas específicas en la superficie de estas células
envejecidas o senescentes, engancharse a ellas y aplicarles un fármaco que las
elimina, sin afectar al resto, lo que minimiza los potenciales efectos
secundarios.
Los
resultados de este trabajo, publicado
en Scientific Reports, abren la puerta a
desarrollar tratamientos efectivos para retrasar la evolución de enfermedades
vinculadas al envejecimiento. Asimismo, a la larga, este descubrimiento también
podría retardar el propio proceso de envejecimiento, con el objetivo de mejorar
la esperanza y sobre todo la calidad de vida de las personas en esta etapa.
"Por
primera vez tenemos un fármaco basado en un anticuerpo que puede aplicarse a
los humanos para frenar la senescencia celular", apunta el médico e
investigador de la UOC y de la Universidad de Leicester Salvador
Macip, que está al frente de esta investigación.
"Nos
hemos basado en las terapias que ya se usan en el cáncer y que se dirigen a
proteínas concretas presentes en la superficie de las células cancerosas, y lo
hemos trasladado a las células senescentes", explica el experto.
Todos
los organismos vivos cuentan con un mecanismo llamado senescencia
celular, que interrumpe la división de células dañadas y las elimina para
que no puedan propagarse. Este mecanismo contribuye a frenar el cáncer, por
ejemplo, y ayuda a modelar los tejidos durante la etapa de desarrollo
embrionario.
Sin
embargo, a pesar de ser un mecanismo biológico muy beneficioso, durante la
etapa de la vejez contribuye al desarrollo de enfermedades. Parece que el
motivo es que el sistema inmunitario ya no es capaz de eliminar de forma
eficiente estas células senescentes, que se van acumulando en los tejidos, lo
que empeora su funcionamiento.
Algunos
experimentos previos realizados en el laboratorio con modelos animales habían
demostrado que, si se eliminaban estas células con fármacos, se conseguía
retardar la progresión de la enfermedad y la degeneración propia de la edad.
Para ello, se utilizaba un nuevo tipo de fármacos, denominados senolíticos,
que son poco específicos y tienen efectos secundarios, lo que dificulta que
puedan aplicarse a humanos.
El
fármaco que han diseñado Macip y su equipo es un senolítico de segunda
generación, teledirigido y muy específico. Los investigadores se han basado en
los resultados de un trabajo previo en el que estudiaron el surfaceome,
el conjunto de proteínas de la superficie de la célula, con el objetivo de
identificar cuáles eran propias de las células senescentes. "No son
universales, sino que cada tipo de célula envejecida tiene unas proteínas más
presentes que otras", resalta Macip.
En
este nuevo trabajo, los investigadores han utilizado un anticuerpo monoclonal
que han entrenado para que reconozca las células senescentes y se enganche a
ellas. "Del mismo modo que los anticuerpos del organismo reconocen los
microbios y nos protegen de ellos, nosotros hemos diseñado estos anticuerpos
para que sean capaces de reconocer células viejas y les hemos aplicado una
carga tóxica para que las destruyan, como si fueran misiles
teledirigidos", afirma el investigador, que dirige el Laboratorio de
Mecanismos del Cáncer y el Envejecimiento de la Universidad de Leicester.
El
tratamiento se podría empezar a administrar cuando aparezcan los primeros
síntomas de enfermedades como el alzhéimer, la diabetes tipo 2, el párkinson,
la artritis, las cataratas o algunos tumores. A largo plazo, los investigadores
consideran que incluso se podría dar en ciertas circunstancias para conseguir
un envejecimiento más saludable.
Esta
investigación de la UOC favorece el objetivo de desarrollo sostenible (ODS) 3,
de salud y bienestar, de las Naciones Unidas.
Artículo
de referencia:
Poblocka,
M., Bassey, A. L., Smith, V. M. et al. Targeted clearance of senescent cells using an
antibody-drug conjugate against a specific membrane marker. Scientific
Reports 11, 20358 (2021).
https://doi.org/10.1038/s41598-021-99852-2
UOC
R&I
La
investigación e innovación (RI) de la UOC contribuye a solucionar los retos a
los que se enfrentan las sociedades globales del siglo xxi, mediante el estudio de la interacción
de la tecnología y las ciencias humanas y sociales, con un foco específico
en la sociedad red, el aprendizaje en línea y
la salud digital. Los más de 500 investigadores e investigadoras y
los 51 grupos de investigación se articulan en torno a
los siete estudios de la UOC y dos centros de investigación: el
Internet Interdisciplinary Institute (IN3)
y el eHealth Center (eHC).
La
Universidad impulsa también la innovación en el aprendizaje digital a
través del eLearn Center (eLC)
y la transferencia de conocimiento y el emprendimiento de la
comunidad UOC con la plataforma Hubbik.
Los
objetivos de la Agenda 2030 de Desarrollo Sostenible de las
Naciones Unidas y el conocimiento abierto son ejes
estratégicos de la docencia, la investigación y la innovación de la UOC. Más información: research.uoc.edu #25añosUOC
miércoles, 10 de noviembre de 2021
sábado, 23 de octubre de 2021
LA CIENCIA RETA AL ENVEJECIMIENTO - Maria A. Blasco
La ciencia reta al envejecimiento: Hacia un futuro sin enfermedad
Conferencia de María A. Blasco (directora del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas): "La ciencia reta al Envejecimiento", en el acto de entrega de orlas a la 6ª promoción de graduados en Ciencias Biomédicas de la Universidad de Lleida, el pasado 13 de julio de 2018 en el auditorio del Centro de Culturas y Cooperación Transfronteriza del Campus de Cappont.Maria A. Blasco
Sr. Rector Magnífico y Sra. Vicerrectora, querida Amparo, muchas gracias por tus muy generosas palabras. Ilustrísimas autoridades académicas, distinguidos Profesores y demás personalidades, colegas, amigos, familiares… a todos los presentes os agradezco vuestra asistencia a este Doctorado honoris causa que se me concede. Distinción que entiendo que se me otorga por una obra colectiva, como lo es la tarea de investigación. Justo este mes, se cumplen 20 años desde que empezó mi grupo de investigación en España. Por él, han pasado más de 50 científicos y científicas de todo el mundo. Hace poco nos reunimos en Madrid para celebrarlo, y tengo la suerte de que algunos de ellos están hoy aquí conmigo. La investigación tiene muchas virtudes: no sólo creo es la manera más efectiva de avanzar en el desarrollo de la humanidad (y nos queda aún mucho por avanzar), sino que, además, tiene la importante función de formar otros científicos, de servir de cantera para las siguientes generaciones de científicos. Por eso es tan desastroso romper con esta cadena virtuosa de investigación y formación, algo que puede ocurrir si la financiación no es suficiente. Así que quiero compartir este honor con todos los científicos, hombres y mujeres, que me han acompañado durante mi carrera científica. Y quiero hacer una mención especial a mis mentoras: Margarita Salas y Carol W. Greider, quienes me han formado como científica y han apoyado en los primeros pasos de mi carrera. Creo que detrás de cualquier vida científica hay al menos tres cosas muy importantes: (i) una pregunta, (ii) la ambición de encontrar la respuesta, y sobre todo (iii) el sueño de querer mejorar las cosas, de avanzar en el conocimiento y en el desarrollo de la humanidad. La pregunta que me he hecho a lo largo mi vida científica, es una pregunta bastante simple. De hecho, estoy segura que ustedes también se han hecho esta misma pregunta muchas veces, incluso cuando eran niños o niñas…¿Por qué somos mortales?¿Por qué es nuestra vida finita ¿Por qué la duración de la vida es una y no otra? En definitiva…¿Por qué crecemos, envejecemos y morimos?¿Qué leyes de la biología determinan eso? ¿Por qué enfermamos?…y si lo averiguamos…¿Podríamos erradicar las enfermedades? Y si erradicamos las enfermedades… ¿Sería posible vivir más? Estas son las preguntas a la que he dedicado mi vida científica. Los griegos ya se hacían estas mismas preguntas, y tenían un mito muy bien pensado para explicar la mortalidad de los humanos, permítanme que lo relate: La Parcas eran tres hermanas hilanderas llamadas Cloto, Láquesis y Átropos. Eran las que regulaban la duración de la vida de los mortales, desde el nacimiento hasta la muerte. Esto lo hacían con ayuda de un hilo que la primera hilaba con una rueca, la segunda enrollaba y medía, y la tercera cortaba sin previo aviso terminando con la existencia del correspondiente individuo. Así, la longitud de este hilo determinaba la vida de cada mortal. De esta manera, estas criaturas mitológicas y sobrehumanas dictaban la longevidad humana. Según el mito, poco se podía hacer al respecto, era el destino, y había que asumirlo. Y creo que, 2000 años después, aún queda algo de ese mito, y aun asumimos que hay un destino sobrehumano e ineludible (llámenlo leyes naturales si quieren): aún asumimos que un día nos tocará irnos de este mundo, seguramente sin previo aviso, y que poco podremos hacer para evitarlo. Sin embargo, frente a esa resignación, fueron también los griegos, quienes desafiaron a los dioses, a las leyes naturales, y con ello escribieron algunas de las primeras líneas de la historia de la ciencia y de la medicina. La primera autopsia documentada se realizó en el año 300 a.c. en Alejandría y así se averiguó que la muerte tiene una causa fisiológica, no es un designio divino ni una ley natural inalterable. Posteriormente, el medico griego Galeno correlacionó lo encontrado en la autopsia con los síntomas que mostraban los pacientes antes de morir. Morimos porque hay enfermedades. Y así, gracias las autopsias, los griegos describieron muchas enfermedades, como, por ejemplo, el cáncer (que se llamó karkinoma en griego, por la similitud de su crecimiento con las patas de un cangrejo). Pero además de aprender que las Parcas no eran las que decidían la muerte, se abría la posibilidad de intervenir, de cambiar las cosas: si la muerte no es un designio divino, si hay una causa fisiológica identificada y eso causa las enfermedades, entonces podremos intentar evitarla, o al menos podremos intentar curar las enfermedades antes de que nos maten. Y en ello estamos. Más de 2000 años después de aquella primera autopsia con la que los humanos retamos a dioses, y a las leyes naturales, hemos avanzado muchísimo, y conocemos mucho de las enfermedades. Un ejemplo de éxito son las enfermedades infecciosas, algunas de las cuales hemos conseguido hasta erradicar (viruela) y otras podemos controlar. Esto ha sido posible gracias a que, primero hemos descubierto los gérmenes que las causan, y después hemos conseguido neutralizar o matar esos gérmenes. Un éxito reciente ha sido el SIDA, una enfermedad que mataba a las personas infectadas en menos de dos años y que hoy en día es crónica. De hecho, tenemos una cierta tranquilidad de que, aunque aparezcan gérmenes nuevos en el futuro, sabemos que el camino es primero identificarlos y después matarlos. El controlar las enfermedades infecciosas ha hecho que la esperanza de vida al nacimiento se haya duplicado desde principios del siglo XX. Sin embargo, 2000 años después, aún no hemos sido capaces de acabar con las grandes enfermedades de nuestra sociedad, aquellas que no son enfermedades infecciosas, y que hoy en día son la primera causa de muerte en los países desarrollados. El cáncer, el infarto, el Alzheimer, nos siguen matando prematuramente. Sabemos que el camino para acabar con ellas es identificar su germen, su causa, y así poder prevenirlas, curarlas cuando aparezcan, e incluso poder erradicarlas. Pero ¿Cuál es su germen? Sabemos que el germen es el proceso mismo del envejecimiento del organismo. En definitiva, es el hecho de nacemos, crecemos, envejecemos y morimos. ¿Podemos retar esa ley natural? ¿Será por eso por lo que aún no hemos conseguido acabar con ellas? Conseguirlo implicaría controlar nuestro propio destino biológico. El físico y premio Nobel Richard Feynman dijo: “No se ha encontrado aún nada en la biología que indique la inevitabilidad de la muerte. Esto sugiere que no es algo inevitable, y que es sólo cuestión de tiempo hasta que los biólogos descubran que es lo que la causa, y entonces, esa enfermedad universal y terrible, la temporalidad del cuerpo humano, será curada”. La temporalidad del cuerpo humano… entenderla es a lo que he dedicado mi vida científica. Me he dedicado a tratar de entender las causas moleculares de por qué envejecemos, ya que es el envejecimiento en sí mismo, la causa de la mayor parte de las enfermedades que afectan a nuestra sociedad. Algunos científicos, entre los cuales me incluyo, pensamos que cáncer y Alzheimer tienen el mismo origen molecular, que es este proceso de envejecimiento. De acuerdo con esta idea, hoy sabemos que las enfermedades no aparecen de un día para otro, cual Parca cortando el hilo de la vida caprichosamente, sino que se inician y desarrollan en nuestro organismo durante décadas antes de que se diagnostiquen como tales. También pensamos que, si no envejeciéramos, si fuéramos capaces de ser eternamente jóvenes, sería muy raro que sufriéramos estas enfermedades. Y claro, si fuésemos siempre jóvenes y no enfermáramos, seguramente también viviríamos mucho más…se alargaría indefinidamente ese hilo de las Parcas, que sólo se podría cortar de manera accidental, quizás con un nuevo germen infeccioso contra el cual aún no tenemos terapias, o de muerte accidental… En mi grupo hemos estado estudiando ese hilo de la vida de las Parcas, que no es otra cosa que una hebra molecular, una hebra hecha del ácido desoxiribonucleico o ADN. El ADN es la hebra de la vida. Si extendiéramos el ADN de una célula - y piensen que estamos formados por unos 37 trillones de células- éste mediría unos 2 metros. El ADN tiene codificada toda la información necesaria para la vida. Al final de esta hebra, justo en los extremos, hay una estructura especial llamada telómero, es especial porque al igual que Átropos se va acortando conforme vivimos. Ahora sabemos que la velocidad a la cual se acorta esta hebra, el telómero, está determinada por los genes, pero también por cómo vivimos, por lo que comemos, por si fumamos o no fumamos, por si hacemos o no ejercicio, y también por la buena o mala suerte que hemos tenido, incluso el estrés puede hacer que los telómeros se acorten más rápido de lo normal. En mi grupo hemos demostrado que la erosión de los telómeros, es una de las causas principales del proceso de envejecimiento celular y de enfermedad, incluido el cáncer. Esto lo hemos demostrado aislando en mamíferos una máquina molecular (un enzima) que es capaz de rejuvenecer los telómeros, la llamada telomerasa (que vendría a ser como las Parcas hiladoras Cloto y Láquesis), y que fue originalmente descubierta por la que fue mi mentora, Carol W. Greider, y por su mentora, Elizabeth Blackburn, y que por ello recibieron el Premio Nobel de Medicina o Fisiología en 2009 junto con Jack Szostak. El aislamiento de los genes de la telomerasa, en el que tuve la suerte de participar, nos ha permitido generar modelos animales donde hemos disminuido o aumentado la telomerasa. A menos telomerasa, hemos visto que los telómeros son más cortos y que se producen las enfermedades de manera prematura, y a más telomerasa los telómeros son más largos y hemos conseguido que se retrase la aparición de muchas enfermedades a la vez, en ratones. Y con ello, hemos conseguido que los ratones vivan sanos hasta un 40% más. Que sería como si consiguiéramos que la mayor parte de los humanos alcanzáramos a los 115-120 años en buen estado de salud. Aquí me gustaría hacer un inciso sobre la necesidad de innovar, de trasladar los descubrimientos básicos a aplicaciones. Los científicos no somos unos seres despistados que estamos al margen del mundo y de las necesidades humanas. No vivimos de espaldas a la innovación, de hecho, estamos ávidos de poder tener el apoyo necesario para poder trasladar nuestros descubrimientos a aplicaciones, ya que, para un científico, no hay nada más gratificante que el ver que sus descubrimientos pueden tener un impacto en la sociedad. En mi grupo, hemos trasladado algunos de nuestros descubrimientos sobre los telómeros y la telomerasa al desarrollo de biomarcadores de este proceso de envejecimiento, así los llamados test teloméricos nos permiten detectar a los individuos que tienen un proceso de envejecimiento acelerado, con el fin de detectar a tiempo o quizás también en el futuro de prevenir enfermedades. Además, estamos probando el potencial de usar la telomerasa como tratamiento para la prevención y tratamiento de distintas enfermedades degenerativas asociadas al envejecimiento en modelos de ratón, entre ellas la enfermedad cardiovascular, distintos tipos de fibrosis, y enfermedades neurodegenerativas. Quien sabe, quizás en un futuro no tan lejano podríamos evitar muchas enfermedades, y conseguir vivir más y mejor. En el caso del cáncer, aunque también es una enfermedad asociada al envejecimiento, sin embargo, se da un fenómeno único, que no ocurre en otras enfermedades del envejecimiento. El cáncer es especial. Las células del cáncer despiertan a la telomerasa de manera aberrante y así consiguen la inmortalidad. Por ello en el caso del cáncer, lo que estamos haciendo es intentar destruir sus telómeros, tal tijera de Átropos, para hacerlo envejecer y morir. ¿Cuál es entonces el objetivo final? No queremos ser inmortales como el cáncer, que perpetua la existencia de células dañadas que nos acaban matando… lo que nos gustaría es ser eternamente jóvenes y no enfermar… Y para esa diferencia entre inmortalidad y ser eternamente jóvenes también hay un ilustrativo mito griego. Titón era un mortal hijo del rey de Troya, era muy bello, y la diosa Aurora se enamoró de él. Para poder estar siempre con él, Aurora pidió a Zeus que concediera la inmortalidad a Titón, y Zeus se lo concedió. Pero a la diosa se le olvidó pedir también la juventud eterna, de modo que Titón fue haciéndose cada vez más viejo y arrugado hasta que se convirtió en un grillo. Hoy en día, quizás los humanos somos un poco como Titón, conseguimos vivir cada vez más años, pero seguimos envejeciendo, de tal modo que cada vez estamos más viejos y tenemos más enfermedades. Lo que tendríamos que conseguir es alargar la juventud y de este modo viviríamos sanos durante más tiempo y habría menos enfermedades: eso es lo que hemos visto que pasa en los ratones a los que alargamos los telómeros con telomerasa, no es que vivan más tiempo estando viejos, sino que lo que hacemos es aumentar la juventud y evitar las enfermedades, y por ello viven más. Dejando ya el tema de lo que ha sido mi carrera investigadora, quiero decirles que este tema de los telómeros me sigue apasionando más de 20 años después de empezar a trabajar en él. Y para mi es una satisfacción que algo que me gusta tanto, además, me traiga hoy este gran honor y reconocimiento. Y aquí, quiero hacer otro inciso. Tengo que hacer un agradecimiento a alguien, a alguien que hasta hace poco era un desconocido para mí. Gracias a él, descubrí la Biología Molecular e hice de ella mi modo de vida. Sin él, seguramente no estaría yo hoy aquí. Este desconocido está aquí también, y por supuesto, no es ningún desconocido. Es el responsable junto con Francisco Mójica de uno de los descubrimientos más revolucionarios de la biotecnología moderna. Pero, además, estoy segura que siempre ha tenido el tiempo y capacidad de transmitir su pasión por la ciencia a otros, como lo hizo conmigo. Y es que hace más de 30 años, cuando estudiaba COU en el Instituto San Vicente del Raspeig, vino a contarnos su trabajo en lo que por aquel entonces se llamaba “ingeniería genética”, y hoy llamamos Biología Molecular. El tema de “manipular los genes”, de diseñar la vida, cortando y pegando, me fascinó y decidí que yo me quería dedicar a aquello. Recuerdo que le pregunté qué carrera tenía que estudiar y dónde- yo en aquel momento había decidido ya hacer alguna Ingeniería-. Y me dijo que tenía que estudiar Biología, así que cambié el “chip” y me dispuse a estudiar Biología. En Alicante no había Biología... Y le pregunté dónde debería ir a estudiar Biología para hacer exactamente Ingeniería Genética, y me dijo que el mejor sitio era la Universidad Autónoma de Madrid porque allí estaba el Centro de Biología Molecular. Les puedo decir que no paré hasta conseguirlo. Ya en el CBM hice mi tesis con Margarita Salas, con quien estudié un enzima que sintetizaba los extremos del ADN de un virus, y así me interesé por los extremos del ADN de los eucariotas, nuestro ADN, los telómeros. Así, descubrí la telomerasa y decidí ir a Nueva York con Carol W. Greider, una de sus descubridoras. Fui al Cold Spring Harbor Laboratory, la “Meca” de la Biología Molecular, donde se habían hecho algunos de los experimentos que están los libros de texto y donde estaba Jim Watson, el descubridor de la hebra de la vida, el ADN. Mil gracias Paco Rodríguez-Varela por inspirarme y por enseñarme el camino. Quiero también agradecer a mi familia, en especial a mi madre, su apoyo constante a que yo cumpliera mis sueños, aunque aquello les supusiera un esfuerzo económico para estudiar primero en Valencia y después en Madrid. Ellos no habían podido ir a la Universidad, pero sabían que lo más importante es el conocimiento, el saber, “algo que nunca nadie te podrá quitar”, me decían. Con estas palabras finalizo mi intervención, agradeciendo de nuevo este honor y con un deseo final: sigamos creando una tradición empírica para nuestro país pues el conocimiento, o lo que es aún más importante, el reconocer que aún no lo sabemos todo, y que tenemos mucho por aprender, la obligación científica de seguir haciéndonos preguntas, es el camino para poder avanzar hacia un futuro mejor y más justo.
martes, 27 de julio de 2021
LOS SECRETOS DE LOS CENTENARIOS. Un estudio del Hospital Universitario de Ámsterdam sigue la evolución de 332 mayores de 100 años que conservan su capacidad cognitiva para contribuir a la lucha contra el alzhéimer
Suena el timbre, y
abre la puerta la dueña de la casa, Susan Hosang-Van Riemsdijk. Reside en la
ciudad de Hilversum, en el centro de Países Bajos, en un inmueble de planta
baja e independiente. Es un sábado de julio, corre una ligera brisa, y ella
misma ha plantado las flores que adornan la entrada. Nada parece excepcional, a
no ser por la edad de la anfitriona: 102 años. En perfecta forma, vive sola,
nada, va en bicicleta y conduce su auto en distancias cortas, juega al bridge,
sigue una dieta equilibrada y tiene una estrecha relación con sus dos hijas,
seis nietos y 14 biznietos. Los centenarios son un grupo de población único
para analizar los fundamentos genéticos de la longevidad, así como los factores
de riesgo que determinan los desórdenes degenerativos y Susan es una de los 332
holandeses de dicha generación que participan en un estudio sobre la relación
entre la salud y la capacidad cognitiva en la vejez. Dirigido por la bioquímica
Henne Holstege desde el Hospital Universitario de Ámsterdam, los científicos han
observado que el genoma de esta liga de centenarios está enriquecido con
elementos genéticos protectores. A pesar de que con la edad han acumulado en su
cerebro proteínas relacionadas con el alzhéimer, ellos parecen resistir los
efectos de estos factores de riesgo, y esta investigación puede contribuir a la
mejora de los tratamientos para pacientes con demencia.
Según explica
Holstege, que investiga desde 2013 a los centenarios, si llegas a esa edad “la
posibilidad de desarrollar demencia es mayor que la de morir, de modo que, una
vez cumplido un siglo, no debería quedar nadie sano desde el punto de vista
cognitivo”. Añade que hay personas que conservan la salud cognitiva pasados
incluso los 110 años —los llamados supercentenarios— y le interesa saber “cómo es
científicamente posible cumplir un siglo con una buena capacidad cognitiva,
cuáles son los mecanismos moleculares que mantienen la salud mental a largo
plazo, y qué papel juega la herencia”, asevera en conversación telefónica. Para
lograrlo, su equipo visita anualmente desde 2013 a los integrantes del grupo de
estudio, con un promedio de edad de 100 años y medio, para medir su atención,
percepción, comprensión o memoria. También piden muestras de heces, estas
últimas para analizar la microbiota. Un 75% son mujeres y más de la mitad viven
independientes en residencias. Los expertos han secuenciado asimismo su genoma,
y lo comparan con el ADN de otras personas aquejadas de demencia en
colaboración con el Centro para el Alzhéimer, de Ámsterdam. Aspiran con ello a
trazar las variantes genéticas protectoras enriquecidas en los centenarios
sanos, y que los distinguen del resto de la población.
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El genoma es una de
las herramientas para entender qué va mal en un cerebro con demencia “porque
entre un 60% y un 80% de la posibilidad de tenerla, o bien de sufrir alzhéimer,
que es la forma prevalente, viene definido por factores genéticos.
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Holstege indica que
el genoma es una de las herramientas para entender qué va mal en un cerebro con
demencia “porque entre un 60% y un 80% de la posibilidad de tenerla, o bien de
sufrir alzhéimer, que es la forma prevalente, viene definido por factores
genéticos”. Y añade: “Vemos que los centenarios han mantenido la eficacia de la
respuesta inmunitaria —en el grupo de estudio algunos han superado un cáncer o
el coronavirus— y se trata de saber cómo han resistido el declive de las
defensas contra las enfermedades para proteger así a los que están en riesgo de
deterioro mental”. Un 30% del grupo de estudio consiente en donar su cerebro a
la ciencia llegado el momento.
La larga vida de una
holandesa, Hendrikje van Andel-Schipper, que falleció en 2005 a los 115 años
con plena lucidez, fue lo que llevó a la bioquímica a interesarse por estos
mayores. Países Bajos no figura en la lista de las denominadas Zonas Azules del
mundo donde hay gente que supera el promedio de edad de su entorno —están
Japón, Grecia, Costa Rica, California e Italia— pero cuenta con una cifra
llamativa de centenarios en buena forma. En 2020, había 2.006 mujeres y 392
hombres, de cien o más años, en una población de 17 millones de habitantes,
según la Oficina Central de Estadística. Para el año 2029, la misma fuente
espera que haya unos 3.400 centenarios “debido a un pequeño baby boom después
de la I Guerra Mundial”.
Susan Hosang-Van
Riemsdijk nació en 1919 y sus hijas tienen 74 y 70 años. En las fotos que
adornan su sala de estar ambas parecen mucho más jóvenes. Su esposo, sin
embargo, que era ingeniero electrónico, falleció a los 67 años. “Muy joven, una
pena; era fumador”, dice, para relatar luego un capítulo de su juventud que
resume la fortaleza física de ella y las penurias de la ocupación nazi del país
durante toda la II Guerra Mundial. Con su marido escondido “en el hueco que
quedaba entre el comedor y la cocina para que no le llevaran a hacer trabajos
forzados a Alemania”, Susan iba a buscar comida en una bicicleta con ruedas
reforzadas con madera y neumático de coche. “Pesaba mucho, pero recorría 145
kilómetros de ida, y otros tantos de vuelta, en busca de alimentos en una
granja situada al este del país. Había más gente que hacía lo mismo, y los
granjeros no querían dinero o joyas. Solo pedían ropa, y la primera vez volví
vestida con un pijama que era lo único que me quedaba”, recuerda. Al principio
de su matrimonio no trabajó, “así eran las cosas”, pero entre sus 50 y 80 años
se dedicó a la pedicura, la estética y los masajes japoneses shiatsu, para lo
que obtuvo los correspondientes diplomas.
Otro de los que
participa en la investigación es Frits Brockhus, también de 102 años, que vive
en la ciudad de Zandvoort, al oeste del país, famosa por su circuito de fórmula
1. Fue investigador policial durante tres décadas. Ágil y jovial, su jardín se
llena de gorriones durante la charla. “Suelo desayunar fuera y se posan en mis
rodillas esperando alguna migaja”, asegura. Se cuida la vista y el oído, le
gustan la carne y el arenque y toma algo de vino, apenas ha fumado, lee en
inglés al escritor británico John Le Carré y escucha música clásica. Y ha hecho
mucho ejercicio. “He practicado fútbol y bádminton, senderismo y natación, y he
usado a fondo la bici”, explica, para mostrar luego el triciclo de última
generación con el que visita a su hija, de 64 años, yerno y dos nietas, a los
que está muy unido. Sus retratos decoran el salón y los muestra encantado. Son
14 kilómetros entre ida y vuelta a casa de la hija, y hace dos años podía hacer
hasta 80 kilómetros. Aunque también se ha caído: una vez en una partida de
bádminton, con 80 años, y se rompió el fémur. A los 92 años, un perro lo tiró
de la bici y pasó dos meses en reposo con una fractura de pelvis.
La madre de Susan
llegó a los 95 años. Frits es el séptimo de 10 hermanos, y dos de sus hermanas
cumplieron 102 años, una tercera 103 y otra 98. Los dos hermanos que le quedan
tienen 98 y 95 años. Otro más falleció a los 52 años, “de fumar”, señala. Él
califica su matrimonio de muy feliz, y se emociona al recordar que perdieron
una hija a los 17 años, por un tumor cerebral, y a otros dos bebés. Su memoria
es la del siglo XX, y la II Guerra Mundial le sorprendió con 21 años, cuando ya
trabajaba en la policía local holandesa. “Fue una época muy difícil porque
nunca sabías si la Gestapo iba a aparecer. Luego estaban los bombardeos, o
cuando algún avión era derribado y nadie salía vivo. Espantoso”, recuerda. Sin
conocerse, ambos centenarios coinciden en que “el ejercicio físico te ayuda a
envejecer en mejores condiciones”. Según Henne Holstege, “cuanto mejor están
cognitivamente, más años viven y vemos que sus hijos se benefician del factor
hereditario”, y se ha propuesto aprender de ellos.
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Fuente: El País
Transcripción: José
Jiménez O.
Fotos:
1.- Frits Brockhus,
de 102 años, en su casa de Zandvoort (Países Bajos), el pasado 11 de julio.I.
F.
2.- Susan Hosang-Van Riemsdijk, de 102
años, en su residencia de Hilversum, en el centro de Países Bajos.I. F.
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