La ciencia reta al envejecimiento: Hacia un futuro sin enfermedad
Conferencia de María A. Blasco (directora del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas): "La ciencia reta al Envejecimiento", en el acto de entrega de orlas a la 6ª promoción de graduados en Ciencias Biomédicas de la Universidad de Lleida, el pasado 13 de julio de 2018 en el auditorio del Centro de Culturas y Cooperación Transfronteriza del Campus de Cappont.
Maria A. Blasco
Sr. Rector Magnífico y Sra. Vicerrectora, querida Amparo, muchas gracias por
tus muy generosas palabras. Ilustrísimas autoridades académicas, distinguidos
Profesores y demás personalidades, colegas, amigos, familiares… a todos los
presentes os agradezco vuestra asistencia a este Doctorado honoris causa que
se me concede.
Distinción que entiendo que se me otorga por una obra colectiva, como lo es la
tarea de investigación. Justo este mes, se cumplen 20 años desde que empezó
mi grupo de investigación en España. Por él, han pasado más de 50 científicos
y científicas de todo el mundo. Hace poco nos reunimos en Madrid para
celebrarlo, y tengo la suerte de que algunos de ellos están hoy aquí conmigo.
La investigación tiene muchas virtudes: no sólo creo es la manera más efectiva
de avanzar en el desarrollo de la humanidad (y nos queda aún mucho por
avanzar), sino que, además, tiene la importante función de formar otros
científicos, de servir de cantera para las siguientes generaciones de científicos.
Por eso es tan desastroso romper con esta cadena virtuosa de investigación y
formación, algo que puede ocurrir si la financiación no es suficiente.
Así que quiero compartir este honor con todos los científicos, hombres y
mujeres, que me han acompañado durante mi carrera científica. Y quiero hacer
una mención especial a mis mentoras: Margarita Salas y Carol W. Greider,
quienes me han formado como científica y han apoyado en los primeros pasos
de mi carrera.
Creo que detrás de cualquier vida científica hay al menos tres cosas muy
importantes: (i) una pregunta, (ii) la ambición de encontrar la respuesta, y sobre
todo (iii) el sueño de querer mejorar las cosas, de avanzar en el conocimiento y
en el desarrollo de la humanidad.
La pregunta que me he hecho a lo largo mi vida científica, es una pregunta
bastante simple. De hecho, estoy segura que ustedes también se han hecho
esta misma pregunta muchas veces, incluso cuando eran niños o niñas…¿Por
qué somos mortales?¿Por qué es nuestra vida finita ¿Por qué la duración de la
vida es una y no otra? En definitiva…¿Por qué crecemos, envejecemos y
morimos?¿Qué leyes de la biología determinan eso? ¿Por qué
enfermamos?…y si lo averiguamos…¿Podríamos erradicar las enfermedades?
Y si erradicamos las enfermedades… ¿Sería posible vivir más?
Estas son las preguntas a la que he dedicado mi vida científica.
Los griegos ya se hacían estas mismas preguntas, y tenían un mito muy bien
pensado para explicar la mortalidad de los humanos, permítanme que lo relate:
La Parcas eran tres hermanas hilanderas llamadas Cloto, Láquesis y
Átropos. Eran las que regulaban la duración de la vida de los mortales, desde
el nacimiento hasta la muerte. Esto lo hacían con ayuda de un hilo que la
primera hilaba con una rueca, la segunda enrollaba y medía, y la tercera
cortaba sin previo aviso terminando con la existencia del correspondiente
individuo. Así, la longitud de este hilo determinaba la vida de cada mortal.
De esta manera, estas criaturas mitológicas y sobrehumanas dictaban la
longevidad humana. Según el mito, poco se podía hacer al respecto, era el
destino, y había que asumirlo. Y creo que, 2000 años después, aún queda algo
de ese mito, y aun asumimos que hay un destino sobrehumano e ineludible
(llámenlo leyes naturales si quieren): aún asumimos que un día nos tocará
irnos de este mundo, seguramente sin previo aviso, y que poco podremos
hacer para evitarlo.
Sin embargo, frente a esa resignación, fueron también los griegos, quienes
desafiaron a los dioses, a las leyes naturales, y con ello escribieron algunas de
las primeras líneas de la historia de la ciencia y de la medicina. La primera
autopsia documentada se realizó en el año 300 a.c. en Alejandría y así se
averiguó que la muerte tiene una causa fisiológica, no es un designio divino ni
una ley natural inalterable. Posteriormente, el medico griego Galeno
correlacionó lo encontrado en la autopsia con los síntomas que mostraban los
pacientes antes de morir. Morimos porque hay enfermedades. Y así, gracias
las autopsias, los griegos describieron muchas enfermedades, como, por
ejemplo, el cáncer (que se llamó karkinoma en griego, por la similitud de su
crecimiento con las patas de un cangrejo). Pero además de aprender que las
Parcas no eran las que decidían la muerte, se abría la posibilidad de intervenir,
de cambiar las cosas: si la muerte no es un designio divino, si hay una causa
fisiológica identificada y eso causa las enfermedades, entonces podremos
intentar evitarla, o al menos podremos intentar curar las enfermedades antes
de que nos maten.
Y en ello estamos. Más de 2000 años después de aquella primera autopsia con
la que los humanos retamos a dioses, y a las leyes naturales, hemos avanzado
muchísimo, y conocemos mucho de las enfermedades. Un ejemplo de éxito
son las enfermedades infecciosas, algunas de las cuales hemos conseguido
hasta erradicar (viruela) y otras podemos controlar. Esto ha sido posible gracias
a que, primero hemos descubierto los gérmenes que las causan, y después
hemos conseguido neutralizar o matar esos gérmenes. Un éxito reciente ha
sido el SIDA, una enfermedad que mataba a las personas infectadas en menos
de dos años y que hoy en día es crónica. De hecho, tenemos una cierta
tranquilidad de que, aunque aparezcan gérmenes nuevos en el futuro,
sabemos que el camino es primero identificarlos y después matarlos. El
controlar las enfermedades infecciosas ha hecho que la esperanza de vida al
nacimiento se haya duplicado desde principios del siglo XX.
Sin embargo, 2000 años después, aún no hemos sido capaces de acabar con
las grandes enfermedades de nuestra sociedad, aquellas que no son
enfermedades infecciosas, y que hoy en día son la primera causa de muerte en
los países desarrollados. El cáncer, el infarto, el Alzheimer, nos siguen
matando prematuramente. Sabemos que el camino para acabar con ellas es
identificar su germen, su causa, y así poder prevenirlas, curarlas cuando
aparezcan, e incluso poder erradicarlas. Pero ¿Cuál es su germen? Sabemos
que el germen es el proceso mismo del envejecimiento del organismo. En
definitiva, es el hecho de nacemos, crecemos, envejecemos y morimos.
¿Podemos retar esa ley natural? ¿Será por eso por lo que aún no hemos
conseguido acabar con ellas? Conseguirlo implicaría controlar nuestro propio
destino biológico.
El físico y premio Nobel Richard Feynman dijo: “No se ha encontrado aún nada
en la biología que indique la inevitabilidad de la muerte. Esto sugiere que no es
algo inevitable, y que es sólo cuestión de tiempo hasta que los biólogos
descubran que es lo que la causa, y entonces, esa enfermedad universal y
terrible, la temporalidad del cuerpo humano, será curada”.
La temporalidad del cuerpo humano… entenderla es a lo que he dedicado mi
vida científica. Me he dedicado a tratar de entender las causas moleculares de
por qué envejecemos, ya que es el envejecimiento en sí mismo, la causa de la
mayor parte de las enfermedades que afectan a nuestra sociedad. Algunos
científicos, entre los cuales me incluyo, pensamos que cáncer y Alzheimer
tienen el mismo origen molecular, que es este proceso de envejecimiento. De
acuerdo con esta idea, hoy sabemos que las enfermedades no aparecen de un
día para otro, cual Parca cortando el hilo de la vida caprichosamente, sino que
se inician y desarrollan en nuestro organismo durante décadas antes de que se
diagnostiquen como tales. También pensamos que, si no envejeciéramos, si
fuéramos capaces de ser eternamente jóvenes, sería muy raro que sufriéramos
estas enfermedades. Y claro, si fuésemos siempre jóvenes y no enfermáramos,
seguramente también viviríamos mucho más…se alargaría indefinidamente ese
hilo de las Parcas, que sólo se podría cortar de manera accidental, quizás con
un nuevo germen infeccioso contra el cual aún no tenemos terapias, o de
muerte accidental…
En mi grupo hemos estado estudiando ese hilo de la vida de las Parcas, que no
es otra cosa que una hebra molecular, una hebra hecha del ácido
desoxiribonucleico o ADN. El ADN es la hebra de la vida. Si extendiéramos el
ADN de una célula - y piensen que estamos formados por unos 37 trillones de
células- éste mediría unos 2 metros. El ADN tiene codificada toda la
información necesaria para la vida. Al final de esta hebra, justo en los
extremos, hay una estructura especial llamada telómero, es especial porque al
igual que Átropos se va acortando conforme vivimos. Ahora sabemos que la
velocidad a la cual se acorta esta hebra, el telómero, está determinada por los
genes, pero también por cómo vivimos, por lo que comemos, por si fumamos o
no fumamos, por si hacemos o no ejercicio, y también por la buena o mala
suerte que hemos tenido, incluso el estrés puede hacer que los telómeros se
acorten más rápido de lo normal.
En mi grupo hemos demostrado que la erosión de los telómeros, es una de las
causas principales del proceso de envejecimiento celular y de enfermedad,
incluido el cáncer. Esto lo hemos demostrado aislando en mamíferos una
máquina molecular (un enzima) que es capaz de rejuvenecer los telómeros, la
llamada telomerasa (que vendría a ser como las Parcas hiladoras Cloto y
Láquesis), y que fue originalmente descubierta por la que fue mi mentora, Carol
W. Greider, y por su mentora, Elizabeth Blackburn, y que por ello recibieron el
Premio Nobel de Medicina o Fisiología en 2009 junto con Jack Szostak. El
aislamiento de los genes de la telomerasa, en el que tuve la suerte de
participar, nos ha permitido generar modelos animales donde hemos
disminuido o aumentado la telomerasa. A menos telomerasa, hemos visto que
los telómeros son más cortos y que se producen las enfermedades de manera
prematura, y a más telomerasa los telómeros son más largos y hemos
conseguido que se retrase la aparición de muchas enfermedades a la vez, en
ratones. Y con ello, hemos conseguido que los ratones vivan sanos hasta un
40% más. Que sería como si consiguiéramos que la mayor parte de los
humanos alcanzáramos a los 115-120 años en buen estado de salud.
Aquí me gustaría hacer un inciso sobre la necesidad de innovar, de trasladar
los descubrimientos básicos a aplicaciones. Los científicos no somos unos
seres despistados que estamos al margen del mundo y de las necesidades
humanas. No vivimos de espaldas a la innovación, de hecho, estamos ávidos
de poder tener el apoyo necesario para poder trasladar nuestros
descubrimientos a aplicaciones, ya que, para un científico, no hay nada más
gratificante que el ver que sus descubrimientos pueden tener un impacto en la
sociedad.
En mi grupo, hemos trasladado algunos de nuestros descubrimientos sobre los
telómeros y la telomerasa al desarrollo de biomarcadores de este proceso de
envejecimiento, así los llamados test teloméricos nos permiten detectar a los
individuos que tienen un proceso de envejecimiento acelerado, con el fin de
detectar a tiempo o quizás también en el futuro de prevenir enfermedades.
Además, estamos probando el potencial de usar la telomerasa como
tratamiento para la prevención y tratamiento de distintas enfermedades
degenerativas asociadas al envejecimiento en modelos de ratón, entre ellas la
enfermedad cardiovascular, distintos tipos de fibrosis, y enfermedades
neurodegenerativas. Quien sabe, quizás en un futuro no tan lejano podríamos
evitar muchas enfermedades, y conseguir vivir más y mejor.
En el caso del cáncer, aunque también es una enfermedad asociada al
envejecimiento, sin embargo, se da un fenómeno único, que no ocurre en otras
enfermedades del envejecimiento. El cáncer es especial. Las células del cáncer
despiertan a la telomerasa de manera aberrante y así consiguen la
inmortalidad. Por ello en el caso del cáncer, lo que estamos haciendo es
intentar destruir sus telómeros, tal tijera de Átropos, para hacerlo envejecer y
morir.
¿Cuál es entonces el objetivo final?
No queremos ser inmortales como el cáncer, que perpetua la existencia de
células dañadas que nos acaban matando… lo que nos gustaría es ser
eternamente jóvenes y no enfermar…
Y para esa diferencia entre inmortalidad y ser eternamente jóvenes también
hay un ilustrativo mito griego.
Titón era un mortal hijo del rey de Troya, era muy bello, y la diosa Aurora se
enamoró de él. Para poder estar siempre con él, Aurora pidió a Zeus que
concediera la inmortalidad a Titón, y Zeus se lo concedió. Pero a la diosa se le
olvidó pedir también la juventud eterna, de modo que Titón fue haciéndose
cada vez más viejo y arrugado hasta que se convirtió en un grillo.
Hoy en día, quizás los humanos somos un poco como Titón, conseguimos vivir
cada vez más años, pero seguimos envejeciendo, de tal modo que cada vez
estamos más viejos y tenemos más enfermedades. Lo que tendríamos que
conseguir es alargar la juventud y de este modo viviríamos sanos durante más
tiempo y habría menos enfermedades: eso es lo que hemos visto que pasa en
los ratones a los que alargamos los telómeros con telomerasa, no es que vivan
más tiempo estando viejos, sino que lo que hacemos es aumentar la juventud y
evitar las enfermedades, y por ello viven más.
Dejando ya el tema de lo que ha sido mi carrera investigadora, quiero decirles
que este tema de los telómeros me sigue apasionando más de 20 años
después de empezar a trabajar en él. Y para mi es una satisfacción que algo
que me gusta tanto, además, me traiga hoy este gran honor y reconocimiento.
Y aquí, quiero hacer otro inciso. Tengo que hacer un agradecimiento a alguien,
a alguien que hasta hace poco era un desconocido para mí. Gracias a él,
descubrí la Biología Molecular e hice de ella mi modo de vida. Sin él,
seguramente no estaría yo hoy aquí. Este desconocido está aquí también, y
por supuesto, no es ningún desconocido. Es el responsable junto con Francisco
Mójica de uno de los descubrimientos más revolucionarios de la biotecnología
moderna. Pero, además, estoy segura que siempre ha tenido el tiempo y
capacidad de transmitir su pasión por la ciencia a otros, como lo hizo conmigo.
Y es que hace más de 30 años, cuando estudiaba COU en el Instituto San
Vicente del Raspeig, vino a contarnos su trabajo en lo que por aquel entonces
se llamaba “ingeniería genética”, y hoy llamamos Biología Molecular. El tema
de “manipular los genes”, de diseñar la vida, cortando y pegando, me fascinó y
decidí que yo me quería dedicar a aquello. Recuerdo que le pregunté qué
carrera tenía que estudiar y dónde- yo en aquel momento había decidido ya
hacer alguna Ingeniería-. Y me dijo que tenía que estudiar Biología, así que
cambié el “chip” y me dispuse a estudiar Biología. En Alicante no había
Biología... Y le pregunté dónde debería ir a estudiar Biología para hacer
exactamente Ingeniería Genética, y me dijo que el mejor sitio era la
Universidad Autónoma de Madrid porque allí estaba el Centro de Biología
Molecular. Les puedo decir que no paré hasta conseguirlo. Ya en el CBM hice
mi tesis con Margarita Salas, con quien estudié un enzima que sintetizaba los
extremos del ADN de un virus, y así me interesé por los extremos del ADN de
los eucariotas, nuestro ADN, los telómeros. Así, descubrí la telomerasa y decidí
ir a Nueva York con Carol W. Greider, una de sus descubridoras. Fui al Cold
Spring Harbor Laboratory, la “Meca” de la Biología Molecular, donde se habían
hecho algunos de los experimentos que están los libros de texto y donde
estaba Jim Watson, el descubridor de la hebra de la vida, el ADN. Mil gracias
Paco Rodríguez-Varela por inspirarme y por enseñarme el camino.
Quiero también agradecer a mi familia, en especial a mi madre, su apoyo
constante a que yo cumpliera mis sueños, aunque aquello les supusiera un
esfuerzo económico para estudiar primero en Valencia y después en Madrid.
Ellos no habían podido ir a la Universidad, pero sabían que lo más importante
es el conocimiento, el saber, “algo que nunca nadie te podrá quitar”, me decían.
Con estas palabras finalizo mi intervención, agradeciendo de nuevo este honor
y con un deseo final: sigamos creando una tradición empírica para nuestro país
pues el conocimiento, o lo que es aún más importante, el reconocer que
aún no lo sabemos todo, y que tenemos mucho por aprender, la
obligación científica de seguir haciéndonos preguntas, es el camino para
poder avanzar hacia un futuro mejor y más justo.