martes, 21 de enero de 2020

Javier Pérez de Cuellar


Javier Pérez de Cuéllar: Una intensa vida que también cruza victoriosa la valla de los cien años.
(La poco conocida faceta de escritor del ilustre peruano en una entrevista del archivo de La República hecha en  2014 ).
 “ Yo escribía desde muy joven: eran tontos poemas de amor”
Blog  A vivir, que son cien años
https://antoniocoronel1.blogspot.com

19 Ene 2020
El embajador de 100 años que ha decidido escribir novelas tiene un solo libro en su mesa de trabajo: Cien Años de Soledad. Detrás de su sillón está una foto en la que aparece estrechando la mano del papa Juan Pablo II y a su derecha, sobre una pequeña columna, un revólver al que le han hecho un nudo con su propio cañón.
Javier Pérez de Cuellar ha elegido este discreto lugar de su residencia, poco iluminado, para forzar su memoria y concluir su segunda novela. Es un trabajo duro. Por ratos, los recuerdos lo abandonan. Piensa en escenarios de Chancay, donde pasó parte de su adolescencia. Dice que esta segunda obra sí recupera sus vivencias, y luego procura evocar a familiares y amigos que ya no están, para retenerlos una vez más, para crear.
¿Cuánto han influido en su vida las mujeres empoderadas, las que llevan una gran responsabilidad a cuestas?
Bueno, creo que solo una pudo influir. Pero, por qué lo dice, ¿se refiere a la capacidad intelectual de alguna mujer?
Es que usted, de niño, fue criado por su tía Elvira, cuñada de su padre, y siento que hay mucho de ella en Clemencia de Andagoya, el personaje principal de su primera novela: Los Andagoya.
Sí, es lo que me dicen. Yo no lo recordaba. Pero ella no era tan intensa como Clemencia. Quizá pueda ser una callada inspiración, pero todos los demás personajes no se parecen a nadie, son todos inventados por mí.
Estaba leyendo un poco de sus memorias y vi que estuvo a punto de sacar un bachillerato con una tesis: Las mujeres del Quijote, ¿qué cosa tan fascinante vio en ellas?
Bueno, yo había leído mucho a Cervantes, al Quijote y a sus Novelas Ejemplares. Y yo tengo como una cosa natural la admiración por las mujeres, en cualquier sentido. sean jóvenes o mayores. Por las primeras hay una normal atracción y por las segundas un respeto muy fuerte.
¿Y cuándo empezó a escribir Los Andagoya? Leí que usted escribió una segunda novela cuando se desempeñaba como Secretario General de la ONU.
Mire, no recuerdo bien en qué momento me embarqué en esta segunda novela pero la estoy preparando...
Una novela que ocurre en Chancay.
Sí.  Es interesante porque cuando yo era muy joven, mi familia tenía una casa en Chancay, que tenía un huerto y todo era muy simpático. Recuerdo esta casa y a una farmacia que había en el lugar. De esta farmacia surge una historia, la de la hija que tuvo el dueño de este local con una sirvienta. Y, bueno, no quiero adelantar más.
¿Cuánto tiempo del día dedica a escribir?
Bueno, no olvide que tengo 94 años y en enero cumplo 95, tengo algunos vacíos en la memoria. Mi segunda novela ya está terminada, pero para publicarla tendría que corregirla, hay que ver algunos personajes que son fruto de mis recuerdos, aquí sí hay mucho de mis recuerdos.
¿Y por qué arriesgarse a publicar a los 94 años?
No sé. La novela estaba hecha. Tengo muchas cosas listas a las que llamo prosa lírica, que son recuerdos de lo que viví a lo largo de los años, en tantas partes del mundo. Tengo también poesía. Pero yo soy muy autocrítico con lo que escribo, muy exigente.
Y si la escritura en la que usted se ha embarcado depende de sus recuerdos, que a veces le son ingratos, ¿no termina siendo un ejercicio muy complicado todo esto de escribir?
Bueno, es que todas estas cosas las he escrito a lo largo de mi vida. Y a veces reviso mis papeles antiguos para ver si hay algo allí que merece ser extraído del conjunto y pulido. Entenderá que a mi edad no puedo hacer planes a largo plazo. También tengo amigos que me ayudan a discriminar de entre esos escritos.
Quiero volver a sus memorias. Para explicar su retiro de la vida diplomática (en 2004) usted usó una metáfora musical. La voy a leer: “Me hallaba como un viejo pianista que tuviera que interpretar su partitura preferida, aquella que siempre ha ejecutado con emoción, y que de pronto sintiese hondamente que le falta ese impulso, ese aliento, esa inspiración”. ¿Ha encontrado esa inspiración en la literatura?
Sí. Yo desde joven ya escribía, eran poemas tontos de amor, porque me había enamorado de la hermana de un compañero mío. De manera que siempre me interesó mucho la literatura, sin dejar de poner de lado el derecho, que fue en lo que me gradué.
Cuando usted tenía ocho años recibió la visita de un médico que le pronosticó que viajaría mucho, tendría mucho dinero y éxito con las chicas, ¿cuánto de todo eso se cumplió?
Casi todo (se ríe). Aunque con las chicas no me fue tan bien. Mire, y no lo digo por humildad, yo siempre pienso que le debo mucho a la suerte. No es que yo fuera un genio o cosa por estilo, pero siempre tuve buena suerte. Y ella me ha llevado de la mano por donde estuve.


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