Javier Pérez de Cuéllar:
Una intensa vida que también cruza victoriosa la valla de los cien años.
(La poco conocida
faceta de escritor del ilustre peruano en una entrevista del archivo de La
República hecha en 2014 ).
“ Yo escribía desde muy joven:
eran tontos poemas de amor”
19 Ene 2020
El embajador de 100 años que ha decidido escribir novelas tiene
un solo libro en su mesa de trabajo: Cien Años de Soledad. Detrás de su sillón
está una foto en la que aparece estrechando la mano del papa Juan Pablo II y a
su derecha, sobre una pequeña columna, un revólver al que le han hecho un nudo
con su propio cañón.
Javier Pérez de Cuellar ha elegido este discreto lugar de su
residencia, poco iluminado, para forzar su memoria y concluir su segunda
novela. Es un trabajo duro. Por ratos, los recuerdos lo abandonan. Piensa en
escenarios de Chancay, donde pasó parte de su adolescencia. Dice que esta segunda
obra sí recupera sus vivencias, y luego procura evocar a familiares y amigos
que ya no están, para retenerlos una vez más, para crear.
¿Cuánto han influido en su vida las
mujeres empoderadas, las que llevan una gran responsabilidad a cuestas?
Bueno, creo que solo una pudo
influir. Pero, por qué lo dice, ¿se refiere a la capacidad intelectual de
alguna mujer?
Es que usted, de niño, fue criado por
su tía Elvira, cuñada de su padre, y siento que hay mucho de ella en Clemencia
de Andagoya, el personaje principal de su primera novela: Los Andagoya.
Sí, es lo que me dicen. Yo no lo
recordaba. Pero ella no era tan intensa como Clemencia. Quizá pueda ser una
callada inspiración, pero todos los demás personajes no se parecen a nadie, son
todos inventados por mí.
Estaba leyendo un poco de sus
memorias y vi que estuvo a punto de sacar un bachillerato con una tesis: Las
mujeres del Quijote, ¿qué cosa tan fascinante vio en ellas?
Bueno, yo había leído mucho a
Cervantes, al Quijote y a sus Novelas Ejemplares. Y yo tengo como una cosa
natural la admiración por las mujeres, en cualquier sentido. sean jóvenes o
mayores. Por las primeras hay una normal atracción y por las segundas un
respeto muy fuerte.
¿Y cuándo empezó a escribir Los
Andagoya? Leí que usted escribió una segunda novela cuando se desempeñaba como
Secretario General de la ONU.
Mire, no recuerdo bien en qué momento
me embarqué en esta segunda novela pero la estoy preparando...
Una novela que ocurre en Chancay.
Sí. Es interesante porque cuando yo era muy joven,
mi familia tenía una casa en Chancay, que tenía un huerto y todo era muy
simpático. Recuerdo esta casa y a una farmacia que había en el lugar. De esta
farmacia surge una historia, la de la hija que tuvo el dueño de este local con
una sirvienta. Y, bueno, no quiero adelantar más.
¿Cuánto tiempo del día dedica a
escribir?
Bueno, no olvide que tengo 94 años y
en enero cumplo 95, tengo algunos vacíos en la memoria. Mi segunda novela ya
está terminada, pero para publicarla tendría que corregirla, hay que ver
algunos personajes que son fruto de mis recuerdos, aquí sí hay mucho de mis
recuerdos.
¿Y por qué arriesgarse a publicar a
los 94 años?
No sé. La novela estaba hecha. Tengo
muchas cosas listas a las que llamo prosa lírica, que son recuerdos de lo que
viví a lo largo de los años, en tantas partes del mundo. Tengo también poesía.
Pero yo soy muy autocrítico con lo que escribo, muy exigente.
Y si la escritura en la que usted se
ha embarcado depende de sus recuerdos, que a veces le son ingratos, ¿no termina
siendo un ejercicio muy complicado todo esto de escribir?
Bueno, es que todas estas cosas las
he escrito a lo largo de mi vida. Y a veces reviso mis papeles antiguos para
ver si hay algo allí que merece ser extraído del conjunto y pulido. Entenderá
que a mi edad no puedo hacer planes a largo plazo. También tengo amigos que me
ayudan a discriminar de entre esos escritos.
Quiero volver a sus memorias. Para
explicar su retiro de la vida diplomática (en 2004) usted usó una metáfora
musical. La voy a leer: “Me hallaba como un viejo pianista que tuviera que
interpretar su partitura preferida, aquella que siempre ha ejecutado con
emoción, y que de pronto sintiese hondamente que le falta ese impulso, ese
aliento, esa inspiración”. ¿Ha encontrado esa inspiración en la literatura?
Sí. Yo desde joven ya escribía, eran
poemas tontos de amor, porque me había enamorado de la hermana de un compañero
mío. De manera que siempre me interesó mucho la literatura, sin dejar de poner
de lado el derecho, que fue en lo que me gradué.
Cuando usted tenía ocho años recibió
la visita de un médico que le pronosticó que viajaría mucho, tendría mucho
dinero y éxito con las chicas, ¿cuánto de todo eso se cumplió?
Casi todo (se ríe). Aunque con las chicas
no me fue tan bien. Mire, y no lo digo por humildad, yo siempre pienso que le
debo mucho a la suerte. No es que yo fuera un genio o cosa por estilo, pero
siempre tuve buena suerte. Y ella me ha llevado de la mano por donde estuve.

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