Biología evolutiva
Por qué los
humanos podemos vivir más de 100 años
Descubren 25 mutaciones genéticas que propiciaron que nuestra especie
alargara su esperanza de vida
A finales del año pasado murió Ana Vela a los 116 años. Era
la persona más vieja de Europa, la tercera de todo el planeta y un
símbolo de la longevidad de España, el segundo país del mundo con una mayor
esperanza de vida, por detrás de Japón. Esta mujer no fue un caso aislado, sino
que vez hay más centenarios: solo en Catalunya, un estudio del Institut
d’Estadística de Catalunya (Idescat) estima que la población con más de un
siglo de edad ha aumentado de forma continuada en los últimos 35 años.
Pero, ¿qué es lo que determina que podamos vivir hasta los 100 o 120
años? Y, ¿por qué los humanos hemos llegado a ser tan longevos mientras que
nuestros parientes evolutivos más cercanos, por ejemplo, los chimpancés, viven
alrededor de 50? La respuesta parece encontrarse en 25 genes, según
ha descubierto un equipo de investigadores del Institut de Biologia Evolutiva
(UPF-CSIC), el Centre de Regulació Genòmica (CRG), la Universidad de Bristol y
la de Liverpool, liderados por el científico Icrea Arcadi Navarro.
En un estudio que publican en Molecular Biology Evolution han examinado la relación que existe entre la variación genómica y
la esperanza de vida máxima entre distintas especies de primates, incluidos los
humanos. Y han visto que nosotros tenemos mutaciones en genes asociados,
por ejemplo, a la capacidad de curación de heridas, la coagulación y problemas
cardiovasculares, que al parecer han propiciado el alargamiento de la vida.
La entrerriana Lidia Axenfeldtiene 100 años y sigue trabajando. Asegura
que su secreto es la incansable curiosidad odontóloga
Según han observado, esas mutaciones confieren ventajas en las
primeras etapas de la vida y, sin embargo, resultan dañinas en la
vejez. Por ejemplo, una mutación que permita acumular calcio puede resultar
beneficiosa para tener huesos fuertes en la juventud; sin embargo, cantidades
elevadas de calcio en la última etapa de la vida se asocian a
arterioesclerosis.
En este sentido, las conclusiones del estudio vienen a demostrar una de
las hipótesis científicas postuladas en los años 50 del siglo XX para explicar
las diferencias en la esperanza de vida de las distintas especies -o por qué
hay erizos que viven hasta 200 años mientras que los ratones, apenas lo hacen
dos o tres años-, la llamada pleiotropía antagonista.
Según esta hipótesis, formulada por George Williams en 1957, algunas
variantes genéticas favorecen a los individuos en su juventud y
tienen efectos adversos negativos más tarde en la vida; y en función de las
condiciones ambientales la selección natural se encarga de favorecer estas
mutaciones dañinas si resultan ventajosas en la primera parte de la vida.
“Si a cierta edad ya has pasado tus genes a la siguiente generación, las
mutaciones que se manifiesten tendrán un efecto negativo. Y la acumulación de
mutaciones acabará provocando un colapso del organismo y la muerte”, explica
Navarro.
Gerard Muntané, primer autor del estudio e investigador postdoctoral en
el IBE y en el Instituto de Investigación Sanitaria Pere Virgili, en un
comunicado de prensa afirma que “hay mutaciones que pueden tener varios
efectos, según la etapa de la vida: nos favorecen en las primeras etapas y
nos perjudican en las posteriores, cuando ya se ha dejado atrás la etapa
reproductiva”.
Esta investigación surge de otra publicada el año pasado en Nature Ecology también centrada en envejecimiento y liderada por el mismo equipo,
aunque en aquella ocasión comparaban datos genómicos de enfermedades humanas
propias de las primeras etapas de la vida y de la última.
“Entonces ya vimos que había mutaciones que protegían frente a
enfermedades de joven, como el glioma infantil, un tipo de tumor cerebral
mortal propio de los niños, que incrementaban el riesgo de padecer otras
enfermedades de viejo. Y aquello demostraba las ideas de Williams de los años
50”, comenta Navarro a Big Vang. Y añade que “tras aquellos resultados,
quisimos seguir con la investigación y saber si esos genes estaban directamente
relacionados con el proceso de envejecimiento”, añade.
Robert Marchand tiene 105 años y todavía se mantiene activo
Para ello decidieron estudiar y comparar el genoma de distintas especies
de primates. Desde un punto de vista de biología evolutiva, los primates
resultan muy interesantes, porque pese a ser parientes muy cercanos del ser
humano, presentan diferencias profundas entre especies en cuanto a esperanza de
vida.
De todas las especies que han estudiado, solo tres -humanos y dos tipos
de macacos- viven más años que el ancestro común del que
divergieron hace 3 millones de años, lo que prueba, según los autores de este
trabajo, que el proceso de aumentar la esperanza de vida ha sido, en términos
evolutivo, relativamente rápido.
Como las mutaciones que han encontrado están vinculadas a procesos
propios del envejecimiento celular, los investigadores creen que sus resultados
pueden contribuir a desarrollar nuevas dianas terapéuticas para
tratar enfermedades relacionadas con el envejecimiento y demuestran el
potencial de la aproximación evolutiva en medicina.
También alertan que de entre las implicaciones del estudio destaca el
hecho de que algunos mecanismos de envejecimiento son muy
distintos en humanos y ratones, por ejemplo, que es uno de los modelos
animal más usado precisamente para estudiar la senescencia del organismo.
“Habrá que ver en cada caso si podemos seguir usándolos de modelo”, subraya
Navarro.
Ahora bien, lo que no consigue responder este estudio es por qué los
humanos sí poseemos ese set de 25 mutaciones que nos han
permitido alargar la vida y los primates, con quienes hemos compartido historia
evolutiva millones de años, no. ¿Cuál fue el factor definitivo que hizo que
nuestra especie empezara a vivir más tiempo? “No tenemos la respuesta, solo
especulaciones”, alerta Navarro.
“Quizás tuvo que ver con el hecho
de que empezamos a ser bastante dominantes en nuestro entorno. Nuestra especie
empezó a vivir en grupos grandes que funcionaban muy bien, se protegían unos a
los otros, se ayudaban, sin momentos de gran escasez. Todo eso invita a
una vida más larga y que un organismo que antes moría a los 20, ahora
lo haga a los 40”, apunta Navarro.
Seguramente, la presión selectiva hacia el óptimo de nuestra esperanza
de vida se empezó a mover y se ajustaron mecanismos. Respecto a gorilas y
chimpancés, por ejemplo, los humanos hemos pasado por cambios ecológicos
radicales que pueden haber propiciado las condiciones para que nuestra vida
se alargue mucho. “A la presión selectiva se suma la social, el hecho de que
hayamos sido capaces de ‘ingenierizar’ que no muramos a los 60 de una embolia,
aunque tengamos mutaciones deletéreas que nos predispongan a ello”, remacha
Navarro..
05/08/2018


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